
Cuando voy con Sonia al médico, me preocupa cómo va a salir. Ese bajón después de la consulta médica es lo que a veces no sé cómo aliviar.
Porque hay veces que sale con bajón. Siente que no terminan de entender cuánto le duele, que lo que le mandan se queda corto. Y luego habla con alguna amiga: que si a una la han mandado a la clínica del dolor, que si a otra le han puesto otro tratamiento… Y claro, ella también se pregunta por qué no prueban otra cosa con ella.
Yo intento animarla como puedo. Y sí, muchas veces haciendo el canelo. Un poco el payaso, a ver si consigo sacarle una sonrisa.
A veces se ríe. Otras no está para tonterías.
Y yo tampoco sé siempre qué hacer. Me gustaría que saliera más tranquila, pero no puedo pedirle que esté bien solo porque yo tenga ganas de verla mejor.
Quizá te pase algo parecido. Sales a su lado y vas pensando: «¿Qué le digo ahora?».
Y ahora, ¿qué le digo?
Cuando ves así a alguien que quieres, cuesta quedarse sin hacer nada. Te sale buscar algo que anime, una explicación, cualquier cosa que ayude un poquito.
Pero puede que todavía necesite contarte por qué se ha quedado así.
A lo mejor tú has entendido una cosa de la consulta y esa persona se ha quedado con otra. Tú recuerdas lo que han propuesto; ella, la pregunta que no pudo hacer o algo que le dolió escuchar.
Por eso, antes de intentar levantarle el ánimo, puedes preguntar:
«¿Cómo te has quedado?».
Y darle tiempo para contestar. Sin tener preparada la siguiente frase mientras sigue hablando.
No siempre vas a saber qué responder. Puedes escuchar y decirlo tal cual: «No sé qué decirte. Entiendo que esperabas otra cosa».
Hay días para bromas y días que no
Yo tiro del humor porque es una forma que tengo de intentar animar a Sonia. Pero cuando te digo que depende del día, es eso: depende.
Si tú también eres de hacer alguna tontería para sacar una sonrisa, seguramente lo entiendas. Hay veces que os reís y el rato se hace más llevadero. Otras, por mucho cariño que le pongas, no apetece.
Ahí toca aflojar un poco.
Puedes dejar la broma y quedarte cerca. Preguntar si quiere hablar o cambiar de tema. Tampoco hace falta convertir ese momento en una conversación seria por obligación.
Y si consigues que se ría, estupendo. Pero esa sonrisa no significa que ya se le haya pasado todo.
Puede reírse contigo y seguir preocupada por lo que le ocurre.
«Pues a mi amiga le han mandado otra cosa»
Esto también pasa. Hablas con otras personas, escuchas sus experiencias y te preguntas por qué a ti no te ofrecen lo mismo.
No me extraña que Sonia sienta curiosidad. Cuando algo se te queda corto, quieres saber qué más puede haber.
Desde el lado de quien acompaña, puede costar encontrar qué decir. No quieres quitarle importancia a su duda, pero tampoco sabes si ese tratamiento o esa derivación tendría sentido en su caso.
Podéis quedaros con la pregunta, sin tener que resolverla vosotros:
«¿Lo apuntamos y lo preguntamos?».
Algo tan sencillo como: «He oído hablar de esta opción. ¿Por qué en mi caso se propone otra?».
Lo que le han mandado a una amiga puede dar pie a preguntar. Para saber si encaja con su situación, necesitaréis que os lo expliquen en consulta.
Y no hace falta sacar el móvil y preparar una lista nada más cruzar la puerta. Si sale con bajón, quizá ese rato sea para otra cosa. Ya habrá un momento más tranquilo para ordenar las dudas.
Tú también te quedas preocupado
Aquí hablamos mucho de cómo sale la persona que tiene dolor. Pero tú vas a su lado y también te llevas cosas a casa.
Puedes volver preocupado, con dudas o con la sensación de que no has sabido ayudar. Y encima intentar poner buena cara para que no se venga más abajo.
Eso también cuesta.
No tienes que encontrar algo positivo a toda prisa. Ni prometer que la próxima vez será diferente, porque no lo sabes.
Puedes decir: «A mí también me preocupa. Cuando te apetezca, miramos qué nos ha quedado por preguntar».
Compartirlo puede ayudaros a entender cómo se ha quedado cada uno. Sin que esa persona tenga que tranquilizarte a ti ni tú tengas que llevar siempre el ánimo de los dos.
El camino de vuelta
Después de una consulta puede apetecer hablar de todo. O no hablar de médicos durante un rato.
Puedes preguntar: «¿Quieres que lo hablemos o prefieres dejarlo por ahora?».
Y aceptar lo que te diga, aunque tú tengas ganas de repasarlo. Si más tarde quiere volver al tema, podéis retomarlo.
Quizá ese día la conversación termine con alguna risa. Quizá vuelva a casa igual de desanimada. Eso no quiere decir que hayas hecho algo mal.
Yo seguiré intentando animar a Sonia. Alguna payasada caerá, que uno es como es. Pero también quiero aprender a notar cuándo toca parar y escuchar.
Porque hay veces que quiero ayudar tanto que me cuesta aceptar que no puedo quitarle ese bajón.
Puedo estar con ella mientras lo pasa. Y, cuando le apetezca, hablar de lo que necesita.
Quizá tú también estés aprendiendo sobre la marcha. Si te pasa, aquí puedes contarlo: ¿qué haces cuando la persona que quieres sale desanimada de una consulta?
Por ti… contigo.
Paco
