Cosas que no deberías decirle a alguien con fibromialgia o artritis reumatoide

Hay frases que se dicen sin mala intención, pero que pueden doler más de lo que parece. En este artículo hablamos de algunas de las más comunes y de por qué acompañar también es aprender a hablar mejor.

Saber qué no decir a alguien con fibromialgia o artritis también forma parte de acompañar mejor.

Cuando una persona convive con fibromialgia o artritis reumatoide, bastante tiene ya con adaptarse al dolor, al cansancio, a los cambios del cuerpo y a la incomprensión de muchos días. Por eso, escuchar ciertas cosas desde fuera no solo molesta: también cansa, hiere y hace sentir más sola a la persona que lo está viviendo.

A veces no hace falta decir algo cruel para hacer daño. Basta con hablar sin entender.

No hace falta mala intención para hacer daño

Muchas de las frases que más duelen no se dicen desde la maldad, sino desde la costumbre, la ignorancia o esa manía que tenemos a veces de opinar rápido sobre lo que no vivimos en nuestro cuerpo.

El problema es que, cuando alguien convive con una enfermedad que no siempre se ve por fuera, acaba teniendo que justificarse demasiado. Explicar cómo está. Explicar por qué hoy no puede. Explicar por qué ayer parecía estar mejor y hoy no. Explicar por qué no todo se arregla con ganas, descanso o una infusión milagrosa.

Y vivir así agota.

“Pero si tienes buena cara…” o “No parece que estés enferma»

Esta frase parece inofensiva, pero puede hacer mucho daño.

Porque da a entender que, si no se ve claramente en la cara o en el cuerpo, entonces quizá no sea para tanto. Y esa es una de las cargas más duras de enfermedades como la fibromialgia o la artritis reumatoide: muchas veces el dolor, la rigidez, el agotamiento o la niebla mental no se notan a simple vista.

Tener buena cara no significa estar bien. Sonreír no significa no tener dolor. Y levantarse ese día no significa que el cuerpo esté funcionando con normalidad.

A veces, lo que más necesita una persona en esa situación no es que le digan cómo se la ve, sino que no la obliguen a demostrar lo que siente.

“¿Otra vez te duele? Si ayer estabas bien…”

Esta también es muy común. Y muy injusta.

Hay enfermedades que no se viven igual todos los días. Hay mañanas en las que el cuerpo responde un poco mejor, y otras en las que todo pesa más. Lo que ayer podía hacerse hoy puede costar el doble. Y eso no significa exageración, ni cuento, ni contradicción. Significa que el cuerpo no siempre responde igual.

Cuando alguien dice “si ayer estabas bien”, muchas veces lo que la otra persona escucha es:

“no te creo del todo”

o

“me estás liando”.

Y bastante tiene ya con intentar sostenerse por dentro como para encima tener que convencer a nadie.

“Tienes que poner de tu parte” o “ser más positiva”

Pocas frases mezclan tan bien la incomprensión con la culpa.

Porque claro que la mayoría de las personas que viven con dolor ponen de su parte. Lo hacen cada día. Se levantan como pueden. Se adaptan. Cambian planes. Se aguantan. Siguen. Vuelven a empezar. Aprenden a vivir con límites que no habían elegido.

Decirles que “tienen que poner de su parte” es como si todo dependiera de una actitud, como si el problema fuera falta de voluntad. Y no. Una cosa es intentar mantener el ánimo, y otra muy distinta pensar que con optimismo se resuelve lo que duele en el cuerpo.

Ser positivo puede ayudar a sobrellevar mejor algunas cosas. Pero no borra la fatiga, no quita la rigidez, no baja la inflamación y no hace desaparecer el dolor.

“Eso es por el estrés, tienes que relajarte”

El estrés puede empeorar muchas cosas, sí. Pero reducir una enfermedad así a “nervios” o “tensión” es simplificar demasiado.

Quien escucha esto muchas veces siente que lo que le pasa se está reduciendo a un problema emocional o a una especie de descontrol personal. Como si con respirar hondo, hacer yoga o tomarse la vida con más calma todo fuera a colocarse en su sitio.

Y no funciona así.

Claro que descansar ayuda. Claro que vivir con menos tensión puede venir bien. Pero decirlo de esa forma puede sonar a:

“lo tuyo no es tan serio”

o

“si no mejoras, es porque no sabes relajarte”.

Y eso no acompaña. Eso pesa más.

“Yo también estoy cansado/a, es la edad”

Comparar un cansancio normal con el agotamiento que puede traer una enfermedad crónica suele salir mal.

Porque una cosa es estar cansado después de un día duro, de dormir poco o de tener una mala semana. Y otra muy distinta es vivir con una fatiga que no se arregla solo descansando, que aparece incluso sin haber hecho nada especial y que muchas veces se mezcla con dolor, mal descanso y sensación de no llegar a nada.

Además, cuando alguien dice “eso nos pasa a todos” o “es la edad”, lo que está haciendo sin querer es rebajar lo que la otra persona vive. Y quien lo sufre no necesita comparación. Necesita comprensión.

“Pues aprovecha para descansar, ¡qué envidia estar todo el día en el sofá!”

Esta frase puede parecer una broma, pero duele.

Duele porque convierte la limitación en privilegio. Como si pasar más tiempo en casa, tener que parar o no poder seguir el ritmo de otros fuera una especie de descanso cómodo o de vida fácil.

Y no lo es.

Nadie quiere sentirse frenado por su propio cuerpo. Nadie quiere tener que renunciar a planes, tareas o momentos buenos porque simplemente no puede más. Nadie quiere mirar un día normal desde el sofá pensando en todo lo que le gustaría estar haciendo si el cuerpo acompañara.

Descansar por necesidad no es ocio. Es adaptación. Y muchas veces, también tristeza.

“Mi tía tomó no sé qué hierba y se curó”

Esta frase también aparece mucho, sobre todo cuando alguien quiere “ayudar” rápido.

El problema no es que se compartan ideas o experiencias. El problema es el tono con el que a veces se dicen, como si la otra persona no hubiera probado ya mil cosas, como si no se hubiera informado, como si llevara tiempo viviendo así por no haber dado con el remedio mágico de turno.

Además, cada persona vive estas enfermedades de una forma distinta. Lo que a alguien le vino bien no tiene por qué servirle a otra persona. Y cuando se insiste demasiado con remedios milagrosos, consejos no pedidos o soluciones fáciles, se corre el riesgo de hacer sentir que si la persona sigue mal es porque no está haciendo lo suficiente.

Y eso, otra vez, devuelve culpa.

Qué decir en su lugar

No siempre hace falta tener la frase perfecta. A veces basta con hablar mejor.

En lugar de minimizar, comparar o corregir, se puede decir algo mucho más útil y mucho más humano.

Por ejemplo:

“¿Cómo estás hoy de verdad?”

“Si necesitas parar, no pasa nada.”

“No hace falta que me lo justifiques.”

“Estoy aquí.”

“Dime en qué te puedo ayudar.”

“Si hoy no puedes, lo entiendo.”

A veces una frase sencilla, dicha sin juicio, ayuda mucho más que un consejo brillante. Porque acompaña. Porque no obliga a defenderse. Porque deja espacio.

Si quieres profundizar en cómo acompañar mejor en el día a día, también puedes leer: Cómo acompañar a alguien con artritis reumatoide en casa.

Acompañar también es aprender a hablar mejor

Cuando alguien a quien quieres vive con fibromialgia o artritis reumatoide, no siempre sabrás qué decir. Es normal. Nadie nace sabiendo acompañar esto bien. Pero sí se puede aprender algo importante: que las palabras también pesan. Que pueden aliviar o apretar más. Que pueden hacer sentir sostenida a una persona o hacerla encerrarse más en lo que ya está viviendo.

No se trata de hablar con miedo. Se trata de hablar con más cuidado.

A veces, acompañar bien empieza por algo tan simple como dejar de decir ciertas cosas y empezar a escuchar de verdad.

Y eso, aunque parezca pequeño, cambia mucho.

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